LA DISONANCIA COGNITIVA DEL PODER: ADIÓS A QUIENES GOBERNARON BAJO LA POLÍTICA DEL AUTOENGAÑO
- Christian Aguilera

- 7 mar
- 4 min de lectura
Actualizado: 19 may

A diario nos vemos enfrentados a la necesidad de tratar de mantener una consistencia interna respecto de nuestras ideas, creencias, valores o principios, y que éstas, a su vez, sean coherentes con nuestras actitudes y conductas.
En términos generales, las personas convivimos con la permanente tensión en relación a nuestro actuar y nuestro pensar, y cuando esto no sucede, buscamos reacomodar nuestras ideas, valores y/o principios para poder así “autojustificarnos”, logrando de esta manera que éstas encajen entre sí y reduzcan la tensión.
Ahora bien, si este comportamiento puede tener efectos nefastos e indeseados en nuestras vidas cotidianas, imaginemos esos mismos efectos multiplicados exponencialmente cuando quien padece lo que se conoce como “disonancia cognitiva”, es un gobernante.
Las opiniones vistas, escuchadas y leídas en los medios de comunicación durante estos cuatro años de mandato estuvieron caracterizadas principalmente por la necesidad de justificar a toda costa políticas, decisiones y reformas que son radicalmente opuestas a las que se comprometieron, revelando claramente un patrón de comportamiento propio de alguien que padece esta clase de disonancia.
Como demostración de lo anterior, y sin ir más lejos, hace un par de semanas fueron revelados los indicadores de nuestras finanzas públicas respecto de los déficits fiscales y el real tamaño de la deuda pública, dando cuenta que el gasto público se transformó en deporte nacional, de la mano (o calculadora) de la mejor directora de presupuesto de la historia, todo debidamente justificado con frases tales como “no se trata si el gobierno se equivocó o no, sino que hacer para corregirlo”.
Podría pensarse entonces que las declaraciones (y posteriores aclaraciones) del Ministro de Hacienda y la propia DIPRES estarían sujetas a esta premisa, sosteniendo que, si hay alguien que estaba equivocado, no era el gobierno. Entonces, lo más probable es que en ese acto su fuero haya tenido que justificarse internamente y generar nuevas ideas (o realidades) dirigidas a reducir el malestar que pueda sentir, impidiéndole defender aquello que considera justo en aras del interés general. El problema radica en determinar en qué consiste ese llamado “interés general”.
Hemos sufrido de tal manera la disonancia cognitiva gobernante, que lejos de haber sido declaraciones que llamaran a la tranquilidad, la comprensión y la racionalidad, provocaron un efecto de indignación y de rechazo, lo que intensificó la tensión con la ciudadanía. Entonces, si la tensión siempre fue real, concreta y objetiva, ¿por qué disimularla o suavizarla?
Que difícil y complejo resulta ser una autoridad de un mal gobierno saliente, en cualquier escala de responsabilidad; que difícil debe ser para una Vocera de Gobierno tensionada por tener que decir y explicar día a día lo que no cree y siente; que difícil y embarazoso debió haber sido para un Ministro de Vivienda tener que generar una narrativa que explicara los penosos resultados en materia de reconstrucción producto de los mega incendios; que complicado debe ser para un Subsecretario de Interior haber tenido que afirmar o desmentir un caso reñido con la ética, la probidad, la moral y que violentó el corazón mismo de una administración autodenominada “feminista”; qué complejo se ha vuelto hoy explicar las problemáticas en educación, seguridad, migración, salud, previsión y un largo listado de temas que nuestro país necesita más que nunca encarar, con todo lo bueno y lo malo que ello implique.
La responsabilidad de nuestros gobernantes debe estar por sobre su voluntad de perpetuarse en el poder, y en ningún caso debe ser, como en la actualidad, contraproducente para los intereses generales del país. Cuando ese poder alimenta, da trabajo, posición y privilegios se hace cada vez más difícil romper el círculo vicioso del autoengaño y de la autocomplacencia, haciendo inaplicable aquel refrán que llama a “no morder esa mano que te da de comer”.
El “legado” no es solo más que una frase vacía o subproducto del arrogante pensamiento mágico de quienes experimentaron desde el primer minuto un fracaso incontestable; un triste e irrelevante saldo de la borra ideológica que se tradujo en un contundente y categórico rechazo de la ciudadanía hacia una forma de gobernar.
Un país no puede sostenerse sobre narrativas que buscan suavizar la tensión entre lo que se promete y lo que se hace, porque tarde o temprano la realidad se impone con crudeza. La historia no recuerda las justificaciones, recuerda los hechos. Y en ese registro, lo que queda no es el legado proclamado, sino el legado vivido: el de una ciudadanía que supo reconocer la incoherencia y que, con su rechazo, marcó el verdadero final del ciclo “woke”.
Podremos buscar todas las excusas que queramos, podemos esconder nuestras derrotas, disfrazándolas de grandes políticas de Estado; podremos dar miles de justificaciones, pero en el fondo la verdad siempre estará ahí, recordándoles la irrelevancia y escasa valoración que los chilenos le asignaron a esta administración que pretendía cambiar Chile a punta de refundarlo. “Chile, que fue la cuna del neoliberalismo, seguirá siéndolo por un buen tiempo”, mientras tanto la rueda de la historia gira y gira. Amen.





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